ISBN: 978-607-02-81666-2


La vieja Xshau

Estaban las haciendas de Hobomó, de Guayamón, la de Kísil, la de Santa María y el pueblo de Seyba Cabecera. En esos tiempos sólo se podía ir por el mar a la ciudad de Campeche y dicen que de pronto en los pueblos pequeños como Haltunchén llegaba una viejita insignificante por la tarde…

Ella pedía de favor que la dejaran dormir en un rinconcito, la gente era bien humanitaria y le daban albergue, pero sucedía que cuando amanecía la familia ya no estaba, la casa estaba cerrada… la puerta tenía un mecate.

La gente del pueblo se preguntaba, ¿cuándo se fueron? Y en todas las casas donde ella se quedaba desaparecían las personas, se los acababa, ¿qué cómo le hacía?, nadie tenía la menor idea. Así se fueron acabando haciendas y pueblos como el de Seyba Cabecera.

Ciudad de Campeche, México. Fotografía de Mundo A. Ramírez Camacho.


Su próxima mira era Seybaplaya, ese era el pueblo que seguía. Llegó a Seyba y lo mismo.

- ¡Ay una posadita! Decía… le daban de comer, y de pronto esa casa que visitó por primera vez ya no estaba la familia, desapareció o se fueron, comentaba la gente.

¿Pues qué pasó?, ¿cuándo se fueron? Ni avisaron ni nada.

Y al otro día pues otra casa, pedía posada y lo mismo, pero en una de sus tantas caminatas que hacía la vieja… la vieja Xshau le nombró la gente, pues en un día de esos cuando caminaba llegó un yerbatero. Yerbatero en las tierras viejas de Campeche es curandero, de los que te curan el mal.

Y estaba mostrando unas telas, porque él era ventero de pueblo en pueblo, cuando vio a la señora pasar.

-¡Ay María santísima! Está este animal acá... Dijo.

- ¿Cuál animal?

- Ese que va allá.

- Ay, pero si es una ancianita.

- ¡Qué ancianita!, esa es una de las brujas más sanguinarias que existen; pueblo que toca, pueblo que muere.

- Por algo yo tenía que venir aquí, dijo el yerbatero.

- Sólo hay un modo para lograr, a ver si se puede, que no extermine a este pueblo. Avisen a todos que vamos a festejar el santo del pueblo, que hay fiesta para tal día; que no duerma nadie, empiecen desde ahorita, porque donde duerma ella seguro se los come.

- ¿Pero cómo se los va a comer si es una abuela?

- Ahorita, pero cuando llega la noche ella duerme, pero donde no duermen todos…

En esos tiempos los pueblos tenían la costumbre de que la casa grande, la de frente a la calle era la casa donde todos dormían, donde tenían su espejo, sus santos… entonces allí ella no se quedaba. Decía que no, que no quería molestar; y como siempre estaba separada la cocina con la casa, entonces pronunciaba:

- No, aquí yo me quedo junto al fogón.

Fogón con tres piedras, Campeche, México. Fotografía Mundo A. Ramírez Camacho


- Aquí duermo yo tranquila, no se preocupen por mí.

Ella se quedaba siempre en la cocina, y la gente se iba a dormir a la casa, pero cuando llegaba la noche, entonces aquella ancianita que parecía inofensiva e indefensa se convertía en un cabrón demonio. Hacía sus malas artes y provocaba que a la gente de la casa le dieran ganas de ir al baño, y como en los pueblos todos iban al fondo del patio, entonces la vieja se ponía en la puerta de la casa, justo en la salida... en esos momentos abría la boca del tamaño de la puerta y cuando la gente salía derechito a su boca y panza, se los tragaba a todos, niños… ¡a todos!

Al otro día sólo cerraba la puerta y le ponía un mecate; el yerbatero sabía todo esto y por eso les dijo a las personas del pueblo que no durmieran esa noche.

Entonces ese día no se durmió nadie, se comió y se reunió la gente y comenzaron las pláticas, pero no durmieron. Al día siguiente algunas personas fueron por caña y a cortar bejuco que se llama xtakanil, con eso se amarraba las casas.

Ese bejuco cuando amarra es tierno, suavecito, amarra bien, pero se va secando y cuando se seca hasta se rompe un machete de lo duro: ¡tchín! Eso pidió el yerbatero, que vayan a traer todo el bejuco de xtakanil que encuentren en el monte y cebo de res y de venado; también mucho vino y música para bailar, marimba y jarana y a comer.

Entonces ya en la fiesta se escuchaba el bullicio y la música e invitaron a la viejita y le dieron de tomar, pero ella no quería.

-¿Cómo qué no?, si estamos de fiesta, usted tiene que convivir con nosotros.

Así la empezaron a emborrachar, y cuando entró más la noche ella ya no sabía qué hacer.

- Ya me quiero ir

Decía

- No, aquí te quedas.

Así la obligaron a quedarse y a seguir tomando hasta que se emborrachó. Cuando llegó la media noche estaba bien tomada.

- Me quiero ir a mi casa.

- Vámonos, vamos a tu casa, te vamos a llevar.

- ¡No!, yo me voy sola.

- No, nosotros te acompañamos.

Entonces caminaron del centro de Seybaplaya hacia Campeche, pero por toda la orilla de la playa.

Allá había cuevas, yo conocí varias de ellas; cada vez que la vieja veía una ya se quería meter.

- Esta es mi casa.

- No es cierto, toma más…

Y así siguieron caminando mientras le iban dando sus cuerazos: psha, psha se escuchaba.

- ¡Camina vieja!

Cuando de pronto ya estaba más oscuro se escuchó… ¡Gaaaaonn!, surgió el animal que era, no tenía control, estaba indefensa. Veían más cuevas y decía la vieja…

- ¡Aquí!

En las cuevas encontraban huesos, cosas. La gente del pueblo llevaba bastantes cositas de barro, figuritas de animalitos, como venaditos.

El yerbatero iba hasta adelante y el pueblo lo iba siguiendo, agitado se encontraban, muchos hablaban y los sonidos de la gente se mezclaba con el sonido de las olas, y así atravesaron Payucán y en la punta del cerro, es Morros, porque es punta de agua.

Esa punta se mete dentro del mar; el yerbatero le preguntó a la vieja.

- A ver esta cueva.

- No, esa no la conozco.

- A ver ésta.

- No, no, no, yo aquí no vivo.

Así hasta que encontraron la boca de una cueva enorme.

- ¡Aquí vives!

- ¡No!, yo aquí no vivo.

La gente del pueblo se metió con sus antorchas y se sorprendió que estaba llena de huesamento humano, tronaban y crujían al pisarlos. Eran los huesos de todos los que se había comido, a esa caverna le nacían raíces.

- ¡Aquí!, aquí la vamos a amarrar.

Dijo el yerbatero.

- ¡Mejor matémosla!

- No se puede, al menos yo no tengo ese conocimiento, no hay modo, pero sí la podemos detener. Solamente con un embrujo.

Así el yerbatero empezó a rezar y a curar el xtakanil, todo el xtakanil fue trenzado en los pelos de la vieja, desde las patas hasta la cabeza y metido hasta las paredes del cerro en las raíces. Los bejucos, los pelos y las raíces fueron amarrados hasta quedar colgada la vieja, como parada, aprovechando que estaba casi dormida de tanto trago que había tomado.

También quedó toda cubierta con el cebo y el xtakanil; el cebo sirvió para poder enredar sus pelos. El yerbatero en sus últimos rezos dijo.

- No puede morir, es cuestión de suerte cuando despierte, pues cuando lo haga va a estar enojada. Entonces en ese rato que despierte… si se suelta nada va a quedar vivo, todo va a matar descaradamente; es más va a tener más fuerza por la furia de haberla engañado.

Pero todo esto tenía una razón. Si la vieja al despertar veía hacia el mar no pasaba nada en tierra; si al despertar y abría los ojos viendo al mar, sólo los marinos y pescadores podían encontrar a la vieja y morir naufragando, pero si ella miraba a tierra entonces no había modo de detener a la vieja Xshau.

Parece ser que volteó hacia el mar… pero cuando hay temporal llegas a oír como ruge el cerro, es cuando está enojada, eso dicen…

Cuando llegan los huracanes entonces oyes a la vieja Xshau, como ruge.

¡Aggggg! ¡Ogggghhhh!, suena el cerro pero feo. Esa es la historia de la vieja Xshau.

Fotografía de Mundo A. Ramírez Camacho.


Historia narrada por el señor Tirso Ramírez Franco oriundo de Seybaplaya, Campeche, México.

Recopilada por Mundo Ramírez

 

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